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Chernobyl, un destino por siempre en pausa

La ciudad ucraniana, víctima de una falla nuclear, se presenta como un destino único para aquellos que se animen a conocer cara a cara una historia tan cruel como increíble

CHERNOBYL – El lugar se hizo famoso por una central de energía nuclear que, debido a un accidente, estalló en 1986 y generó una nube radioactiva que se extendió hasta Europa Occidental. La cifra de muertos es inexacta, pero algunos calculan decenas de miles, teniendo en cuenta a los que trabajaron para detener la fuga y a los habitantes de las zonas afectadas. Apenas ocurrido el accidente, se estableció un área de evacuación, de donde se obligó a todos los habitantes a desalojar de inmediato y permanentemente. Esto generó que las ciudades y aldeas quedaran detenidas en aquel día, puesto que no hubo aviso previo. El área de evacuación recibiría el nombre de “Zona de exclusión: Chernobyl”

El nombre oficial de la central energética era “Memorial Vladimir Illich Lenin”, pero le quedó el mote de “Chernobyl”, por ser ésta la ciudad ubicada en los límites de la Zona de Exclusión. Tras hora y media de viajar desde Kiev, capital de Ucrania, la ruta empieza a tener cada vez peor estado y los autos desaparecen por completo de la escena. Casi de casualidad se puede divisar entre los árboles una vieja señal que anuncia “Chernobyl”. Llegamos.

El control policial fue breve, y enseguida avanzamos por la calle, desierta y adornada por árboles en clave otoñal. Llevamos un contador de radiación, pero que aún no suena. ¿Funcionará? La guía nos explica que la radiación ahí es baja, y que Chernobyl será tan solo la primera parada. No hay nada para ver realmente allí. Hoy en día sigue siendo el centro administrativo de la planta que estalló en 1986, y poco a poco la van a adaptando para ir llevando más gente a trabajar, o a vivir, mientras los cuervos dan vueltas por los jardines.

Seguimos camino hasta Kopachi, una aldea donde entramos a un jardín de niños y allí sí el contador de radiación, por momentos, suena frenéticamente. Los niveles se multiplican por 30. Gran parte del poblado debió ser sepultado bajo tierra, por el altísimo grado de contaminación. Incluso, notamos que los celulares empiezan a fallar y tememos no poder captar las imágenes de ese desierto urbano.

La siguiente parada fue la oscura Prípiat, una ciudad típicamente soviética, sobre la que pesan además cientos rumores de actividad paranormal. Tras la bienvenida de unos policías, entramos a la urbe y desde aquí los contadores de radiación no dejarán de sonar en ningún momento. Con 1° de temperatura, descendemos de la combi y nos adentramos,  ya sin intermediarios entre la radiación y nosotros, en una de las calles soviéticas completamente rodeada por árboles. Entre sus ramas, se distinguen las siluetas de edificios derruidos por el tiempo y el desastre nuclear. No corre el viento y no hay sonido. Los cuervos desaparecieron.

La ciudad está muerta, y así se siente incluso al recorrerla a pie. Caminar por Prípiat es como dar vueltas adentro de un ataúd: no se oye otro sonido que no sea el de tus pasos y tu respiración. Casi todos los inmensos edificios se presentan ante uno de repente, como quien no ve a un gigante venir de frente. Parece que, con el correr de los años, la naturaleza va retomando su terreno: esconde los mamotretos entre sus ramas y se nota cómo van destruyendo las construcciones de hormigón.

Todo adentro de los edificios da la impresión de haber sido dejado por alguien que dijo “Ya vuelvo”, pero nunca regresó. En el supermercado, por caso, los changuitos quedaron en medio de los pasillos. Siempre acompañados por la guía, nos metemos en edificios, caminamos por parques y apenas vemos el 10% de la urbe que, en 1970, fundó la URSS como “ciudad modelo” del estilo de vida soviético. Nos relatan que hubo personas que, ofuscadas por la evacuación, intentaron volver. Todas murieron.

Desde allí nos dirigimos a la planta nuclear, sellada para evitar fugas, y luego a una zona secreta ubicada a varios kilómetros al oeste, donde se encuentra un radar de proporciones bíblicas, construido para controlar todas las actividades aéreas llevadas a cabo en el hemisferio norte. Hoy está en desuso, pero su tamaño impresiona muchísimo. Uno de tantos experimentos de aquel imperio comunista.

La Zona de Exclusión es el lugar más contaminado del mundo y sin dudas debe ser también uno de los más extraños: aldeas enterradas, ciudades vacías, naturaleza radioactiva, y una planta nuclear que, ante un nueva falla o descuido, está en riesgo de volver a volar en pedazos (y borrar del mapa a la mitad de Europa).

Entre los viajeros, todos coincidimos en que quedan ganas de ver más, de seguir explorando ese pedazo de historia aislado: curiosidad e incomodidad por saber qué pasará.