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Bosques Petrificados de Jaramillo

Corte petrificado

En el centro de la Provincia de Santa Cruz existió un bosque con los árboles más altos del mundo y más añejos que la cordillera de los Andes.

Una vez entrados en la Patagonia santacruceña, las distancias son largas y deshabitadas. Sólo los trabajadores laneros y petroleros saben ubicarse con referencias de grandes fincas y tierras a los lados de la Ruta Nacional 3.

Por allá, pasando la Estancia La Calandria, unos 20 kilómetros al sur, un cartel indica el desvío para la RP49. Un camino que lleva a la nada, diría un ignaro que sigue derecho. Pero a nosotros, que decidimos andarlo, nos lleva a Eras prehistóricas, donde la seca estepa se torna el bosque más frondoso con los árboles jamás vistos, hoy petrificados.

Cuatro horas estoy en el cruce de ruta esperando a que Miri, mi compañera, llegue desde Comodoro Rivadavia. Me queda sólo media botellita de agua. Caliente. No tengo comida y las lagartijas de desierto comienzan a rodearme mientras busco sombra bajo una placa, lo único con más de un metro de altura a mi alrededor. Coordinar un horario mientras se viaja a dedo es difícil y cargar la cantidad de líquido para hidratarse constantemente en la Patagonia, lo es igual.

Un camión se las ingenia para reducir su velocidad y tirarse a la banquina. De él baja mi compañera brasileña, sonriendo. Agradece a quien le dio el aventón y corre a mi encuentro. En realidad, camina rápido, la mochila pesa. “¡Tengo comida y agua!”, grita feliz. Es que las empresas mineras y petroleras dan meriendas para los camioneros y éstos, con su sueldo, prefieren comprarse otras cosas y pasar los viáticos. Lo demás les queda para la gula y ante la necesidad del mochilero lo ceden generosamente.

Después de algunas horas, finalmente, una pareja se manifiesta ante nuestro ritual mochilero de cantarle fuerte al viento. “Chicos… ¿Van a Jaramillo?”.

Lagartija de estepa
Lagartija de estepa

Yacimiento paleontológico

La zona centro de las más de 80mil hectáreas que componen el Área Protegida es considerada un Monumento Natural Nacional. ¿Pero… qué?, nos preguntamos con Miri y nuestros nuevos compañeros de ruta. A los lados no hay más que sequía. El viento sopla y algún guanaco aparece como si estuviera perdido buscando agua, pero enseguida aparece el grupo que lidera y hace que le otorguemos el apodo de Moisés.

Llegamos a una pequeña casita que encabeza una serie de otras cuatro similares detrás, hasta con el mismo patrón guanaquesco. Se trata del centro de interpretación y el hogar de un grupo de Guardaparques.

“Nos encanta. De todos los Parques Nacionales en que nos podría haber tocado trabajar, adoramos que haya sido éste”, nos cuentan mientras atravesamos el marco de entrada principal y nos reciben un sinfín de puntas de flechas de colores.

Tranquilidad. Esta gente no está en el “rush” y la agitación de preservar un área visitada por cientos de miles de personas al año ni tienen que negociar horarios con agencias de turismo. Las puertas están siempre abiertas y reciben con mate en mano. De hecho, nosotros cuatro en lo que va del año somos sus visitantes cinco, seis, siete y ocho. Los demás “bichos raros” que llegan son Paleontólogos. Nosotros, como ellos.

“En este seco llano…” supo existir uno de los bosques de araucarias más altas del mundo, favorecido por uno de los ambientes húmedos más densos. Parece inverosímil, pero estamos hablando de Pehuenes gigantescos, de más de 50 metros de altura y de hace más de 150 millones de años. Es decir, 90 millones de años antes de que siquiera existiera la Cordillera de los Andes.

Bosque de Pehuenes
Bosque de Pehuenes

Con los movimientos tectónicos que dan origen a la columna vertebral de nuestro continente se produjo la elevación, formación y erupción de volcanes, que cubrieron con sus cenizas toda la Patagonia. La flora y fauna preexistente fue devastada, pero muchos ejemplares de estos gigantes fueron petrificados y conservados. La lava, moldeó y motivó nuevas figuras, como la del volcán Madre e Hija, al que puede llegarse si se sigue por la RP49.

Nuestra senda es a pie, solo 4 kilómetro ida y vuelta zigzagueando entre los troncos petrificados. Completamente al alcance, pero intocables. Como cada piedra petrificada que debemos preservar.

Nos tomamos el tiempo de sentarnos en la cima de un cerro, con un banco estratégicamente colocado a vista panorámica. Vista mágica. Una de tantas, increíbles, de las que coleccionamos al viajar. Una tan diferente al mismo tiempo. Un óleo de tierra y minerales. Los troncos tumbados, como bananas glaseadas con dulce de leche. Más de cerca, cada pequeña grieta de a corteza, los asemejan al chocolate en rama.

Corteza Petrificada 1
Corteza Petrificada 1

El hambre me juega, evidentemente. El pueblo más cercano está a 220 kilómetros, por lo que traer agua potable y provisiones básicas es fundamental. No hay dónde quedarse, siquiera para acampar libremente. La zona es de pumas y no es por peligro sino por respeto que la visita es diurna.

Desandamos el ripio en el mismo vehículo. Con cuidado, porque debemos parar y asistir una pinchadura de un poblador ambulante, dueño del único camping 15 kilómetros antes del centro de visitantes. No queremos correr la misma suerte.

No es extraña alguna vibración de la tierra. Lindante al Área de Protección, explotan las grietas mineras para extracción de metales, como si cavaran los túneles hacia la profanación del más grande y sabio gigante.

Tronco Petrificado 1
Tronco Petrificado 1

Para nosotros, visitar a aquellos –a los Pehuenes- fue recibir en mano la historia de la tierra y demostrar nuestra valoración a los que también la defienden.

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Sobre el autor

Franco Barletta

La vida del viajero es tan increíble que para quien no la lleva es ficción. Pero en toda ficción hay biografía y son las experiencias las que nos demuestran que la realidad siempre, siempre la supera...
Las Rutas del Flaco.